El fin de Jake Davis

Cuando golpearon su puerta un día del verano de 2011. Davis tenía 18 años y vivía de forma independiente en una pequeña casa en las islas Shetland. Creía que había podido borrar sus huellas sin haber dejado rastro. Pero era conciente d ela dificultad que entraña semejante hazaña y sabía que algunos errores s ehabían cometido por el camino.

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En el momento d eabrir su puerta se encontró con cinco hombres y una mujer. Estas personas entraron con él al salón y la mujer ni corta ni perezosa subió rápidamente las escaleras en dirección a su ordenador con animo de escrutinarlo concienzudamente.

Davis se hacía cargo de que había cometido «más de una veintena de ciberdelitos». Con el alias de Topiary había hackeado los portales oficiales de los gobiernos de Egipto y Túnez en plena Primavera Árabe. Había sido un activo miembro del famoso colectivo ‘hacktivista’ Anonymous y creado un pequeño grupo paralelo, LulzSec, que dejó inutilizable el portal web de la CIA y formó parte del ciberataque  a Sony. Se había infiltrado en un grupo religioso de Kansas y en una empresa de ciberseguridad en Washington. Y había seguido de cerca, desde una sala de chat, cómo un ejército de bots –’ordenadores infectados’– congelaba la web de Paypal. Como representante de LulzSec hizo públicas historias falsas en portales informativos muy conocidos.

Es decir, Davis era un cibercriminal a la sombra. Pero también era un chico muy joven que creía que todas las acciones que realizaban formaban parte de una chiquillada de chavales que se dedicaban a jugar y a gastar bromas más o menos pesadas en compañía de sus ciberamigos: Tfl ow, Sabu, Kayla y muchos otros. Nunca había conocido en la vida real a sus amigos . Hasta ese momento, nada de todo aquello –Anonymous, LulzSec, la manipulación de datos durante noches y más noches en vela– le había parecido como algo real y serio. “No puedes tocar Internet con la mano, como tampoco puedes saborearlo u olerlo”, decía. Pero el FBI ahora estaba en su salón de estar, y no era para unirse al juego, hablando sobre los hackers y sus finalidades. «Era la primera vez que me decían todas estas cosas en una conversación», observa.

 

‘ S O M B R E R O B L A N C O ‘

Han pasado seis años y Davis trabaja seriamente como consultor de seguridad y comentarista en los medios. Es un hacker de ‘sombrero blanco’, que ayuda a que el mundo online sea más seguro. Ha ganado cuantiosas sumas de dinero auditando a  Facebook y Twitter por descubrir puntos débiles o puertas traseras en sus plataformas, ha detectado errores en el sistema operativo de Apple, ayuda a personalidades públicas –cuyo nombre no revela– a que los accesos a sus webs sean más seguros, ha prestado sus servicios como asesor a series de ficción, documentales y hasta a una obra teatral.

Hoy está en Londres para dar una conferencia en el evento TEDxTeen sobre el tema Los hackers del futuro. «No tenía una vida dentro de la realidad –dice–. No hacía casi nada y no tenía verdadera presencia en la vida real. Trabajaba por horas en una tienda de bicicletas, salía a comprar algo de comer para cenar y eso era todo. Tenía muy pocas personas con las que relacionarme y prácticamente ningún amigo. Realmente manejaba todos mis pensamientos e ideas a través de Internet». Para empezar, no me gustaba la escuela. «Me sentía como encarcelado. No tenía ningún interés. Nos enseñaban informática: hojas de cálculo, ese tipo de cosas. Me gustaba volver a casa y ponerme a investigar en Internet». De hecho, dejó los estudios a los 13 años. «Lo dije claramente: no me gustaba y no pensaba volver. Me planté». Pasó a estar cautivo en su habitación, sabiendo de que había un mundo más prometedor a unos clics de distancia. Su padre se había marchado cuando Jake tenía cinco años. Su madre ante su negativa a asistir al colegio le implantó un nuevo sistema educativo que consistía en que un profesor viniera a casa para darle clases. Fue por aquel entonces cuando Jake Davis inició su carrera como hacker.

Al principio era muy político. Le encantaba la forma en que Internet le abría puertas y no le gustaba las personas que intentaban cerrarselas. No le costó conocer a sus enemigos: gobiernos autoritarios, grandes corporaciones, organismos de ciberseguridad, y estos enemigos no tardaron en ponerlo en su sitio.

Adentrarse en una red puede ser como reventar una cerradura, o también como apretar el gatillo de una ametralladora, o miles de ellas. Es decir, puedes atacarlo con un DDos (denegación distribuida de servicio), colapsando al servidor con peticiones. «Como si por una puerta giratoria de pronto pasara un millón de personas»

En la actualidad después de cumplir su condena, no tardó en encontrar un trabajo. Ahora es un reputado consultor de seguridad informática.

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